DIARIO DE UN MILICIANO - 002

MANUEL GUTIERREZ

124 BRIGADA MIXTA, 493 BATALLON, SECCION DE TRANSMISIONES

DIARIO DE UN MILICIANO 4-4-1937



Después de cavilar día tras día, me he decidido en este preciso momento a comenzar por segunda vez el diario de mi vida en campaña. Mi primer diario, que había comenzado en el cuartel de Sarriá, antiguo seminario, hoy “Cuartel Vorochilov”, lo perdí junto con todo el equipaje en la retirada de la ermita Quiteria. El día 22 de Septiembre de 1936 ingresé en el cuartel de Sarriá en compañía de otros amigos del taller y el día 14 de Octubre recibimos la orden de marchar al frente, pero después recibimos una contraorden y nuestra Centuria, la Serafí Espinós, no pudo marchar. Protestamos enérgicamente y un responsable del cuartel nos comunicó que marcharíamos dentro de dos días; al atardecer marcharon dos Centurias de nuestra Columna de Hierro hacia nuestro Madrid, que está en peligro. Al mediodía del 18, recibimos orden de marchar al frente y después de comer nos equiparon y cuando el sol ya se ponía salimos con una sonrisa dibujada en los labios como expresión de la alegría que llenaba nuestro pecho, formados hacia el cuartel Carlos Marx, donde también estaba la Centuria Mateotti, y después de cenar, y escuchar unas breves palabras de la comisión de un barco ruso, nos dirigimos ambas Centurias hacia la estación del Norte. A las dos de la mañana arrancó el tren militar entre nuestros gritos de alegría y las palabras emocionadas de los familiares, con un clamor de odio contra el fascismo. Mi familia no pudo acompañarme porque no tuve suficiente tiempo de avisarlos. En Sabadell el tren hace una corta parada y, como la Centuria a la que estoy agregado salió o se formó en Sabadell, les esperaban los familiares y les daban gaseosa. Después de un trayecto muy animado, llegamos a Lérida, donde paró el tren media hora. Arrancó el tren y pasaron por delante de nuestros ojos pueblos y más pueblos, entre ellos Sariñena y Grañén a donde llegamos a las dos y media de la tarde y bajamos; y al atardecer, en camiones, nos transportaron a Robres y a la vista de este pueblo, ocupado por nuestras fuerzas y completamente a oscuras, con quietud emocionante, nos sentimos ya soldados y buscamos alojamiento por las casas del pueblo. El Domenec, Puig y yo fuimos a una casa donde compartieron con nosotros su cena. Con algo de asco compartí el plato de sopa de gusto extraño con el Domenec que tiene los labios llenos de granos, pero yo disimulé. Nos cuentan que los fascistas dicen que los elementos del P.O.U.M. son cobardes, ya que van a tomar Leciñena y gran cantidad de material, pero al decirles que nosotros no éramos del P.O.U.M. nos comunican que no eran los fascistas sino ellos los que dicen que son cobardes. Dormimos en el pajar cerca de la cuadra. Nos levantamos siendo ya el día 19 y después de almorzar marchamos en camión hasta Tardienta, la ciudad mártir, destrozada por las bombas de aviación y artillería; durante el viaje resultaron heridos tres de nuestra Centuria. Como no todos teníamos fusil, los que no lo tenían se quedaron en la harinera de Mariano Gavin y los demás continuamos en camión hacia la ermita.

Estos apuntes los saco del diario del compañero Lleixó, cartas de la Compañía y ya los continuaré porque está oscuro y casi no puedo escribir. Hace unos momentos, después de cenar, nos ha comunicado el teniente, y ahora nos dice el Sargento Llavaneres, que preparemos el correaje y el fusil; corren rumores de que esta noche hay que atacar Tardienta y Almudévar.


Día 6, martes, abril de 1937

Mientras los compañeros destapaban con gran alegría los paquetes que habían recibido nos dicen que nos pongamos el correaje y cojamos el fusil. Son las nueve; formamos y vamos hacia el Mando, donde nos reparten bombas, y a las nueve y media emprendemos la marcha silenciosamente, pero con gran alegría, porque comprendemos que vamos a atacar. Después de mucho caminar descansamos un rato y vemos pasar al comandante del Batallón camarada Gómez, hombre optimista y franco, de cara y expresión noble que representa tener de 55 a 60 años. Nuestro teniente, camarada Cabrera, nombrado por nosotros mismos (todos los mandos de nuestra Compañía menos el capitán y el Comisario de Guerra fueron nombrados democráticamente) nos reúne a los tres sargentos y seis cabos de la Sección (yo soy cabo) y nos comunica que vamos a relevar a una Compañía del Regimiento Cataluña nº 2 y éstos relevarán a una Compañía de choque que ha de atacar la ermita, y que nuestro trabajo consiste en ocupar la posición y vigilar la carretera de Zaragoza a Huesca, y si intentara el enemigo pasar refuerzos hacia la ermita y Almudévar, dejarlo aproximar y, a la voz de fuego, abrir fuego con una descarga cerrada; comunico esto a la escuadra y reemprendemos la marcha con la mayor quietud. La noche es oscura y estrellada y a menudo tenemos que agacharnos y acercar nuestros labios resecos a un arroyo de agua turbia porque el capitán nos hace llevar una marcha ligera. Detrás de nosotros siguen dos camiones y nos hace gracia que no dejen fumar porque estamos delante del enemigo y en cambio los camiones llevan las luces encendidas; llegamos a un sitio en el que hay alambradas y se agrega a nosotros un guía y el capitán ordena que se apaguen los faros de los camiones y continuamos la marcha. Todos estamos contentos y muchos se ve que expresan su alegría con estridentes pedos; delante de mí y de Nicolás (cabo de la primera escuadra) está nuestro sargento Llavaneres y continuamente me veo obligado a tapar la nariz, se puede decir que me escuece de las bufas que se tira. Caminamos kilómetros y kilómetros, dejamos los caminos y subimos y bajamos montañas. Al salir del mando Zaragoza se iba quedando a la izquierda nuestra hasta perderse. De repente oímos ladrar perros y por las montañas se pasea un reflector e inmediatamente mandan a la cabeza de la expedición doble variación izquierda y volvemos hacia atrás; eso nos hace pensar, mientras seguimos caminando, y comprendemos que vamos perdidos y el sitio al que habíamos ido a parar era detrás de la ermita, o sea, en tierra enemiga. Me causa poca confianza el capitán porque, en una conversación que con él tuve hace días, comprobé que era un tipo pesimista; es un antiguo sargento del Ejército y creo que le gustaría más estar en compañía de los fascistas; se llama Pérez y está en lugar de nuestro querido Pueyo. Ahora me he enterado de que en cierta ocasión, durante un ataque ya lo tuvieron que vigilar porque se pasaba a los fascistas. Continuamos caminando, subiendo, bajando y estamos extrañados porque a izquierda nuestra vemos luces de un pueblo y a la derecha igual, continuamente veíamos señales de morse. Estamos en territorio enemigo y no sabemos cómo salir porque estamos desorientados; y seguimos caminando, caminando, y de pronto nos paramos a escuchar y vemos acercarse dos sombras, cargo el fusil y otros hacen lo mismo, pero los dos que han llegado su unen a nosotros y continuamos caminando, y eso me hace pensar que son dos que se habían destacado a explorar. Rendidos, nos sentamos y empieza a salir la luna, son las tres y ya llevamos cinco horas y media de camino; yo llevo el silbato-brújula y me oriento. El guerrillero de Assuera que es el guía y el teniente Sentín se orientan y dicen que estamos en terreno leal. Nos damos cuenta de que estamos en una posición y resulta que por casualidad es la compañía que teníamos que relevar, pero como no han recibido ninguna orden no quieren irse y no tenemos más remedio que quedarnos por el bosque a esperar el nuevo día. Encendemos hogueras y esperamos a que se haga de día sentados alrededor del fuego. Por la mañana salimos del bosque, cruzamos un río que está seco, como corresponde a estas tierras de Aragón, y vamos a una paridera, que llaman aquí, y que consiste en una masía, ya que casi siempre cuenta con vivienda en lugar de corrales simplemente. El sol brilla espléndidamente y la casa, en medio de los campos de trigo abandonados, ofrece un paisaje magnífico. La Compañía que estaba alojada en la paridera, en heróico acto de compañerismo, se repartió el almuerzo con nosotros y después la comida. Después de almorzar hemos de volver al bosque para que si viene la aviación enemiga no vea movimiento; no hacemos más que entrar y ya vemos correr un conejo, y nos pasamos la mañana cazando conejos a golpes de piedra; cogeríamos diez o doce y fueron destinados al arroz de la Compañía. Después de comer, a las cuatro, nos dan dos panes anticipados y volvemos a la paridera de donde habíamos salido el día anterior. Llevamos los panes atravesados por el machete y como es de suponer estamos muy cansados y rendidos por el sueño. El horizonte se pone negro y el sol desaparece, y de repente empieza un gran sigilo, y en seguida empezó a caer granizo pero con tal potencia que nos dejó chipiados; yo no llevo ni pañuelo al cuello ni el casco y quedo igual que un pez, pero ¿qué le vamos a hacer? es la guerra. Seguidamente pasa el chaparrón y surge el sol potente y bonito, y mientras vamos caminando se hunden nuestros pies por los charcos fangosos y llenos de agua, se seca nuestra ropa y nuestro cuerpo. Pasamos por delante del campamento de los Guerrilleros de Assuera, compuesto por una paridera con animales que se paseaban tranquilamente por el campo sacudiéndose el agua que les ha quedado en la lana y seis o siete tiendas de campaña; y a las siete de la tarde llegamos a la paridera y después de comer un poco, o mejor dicho mucho, nos dejamos caer sobre la paja a dormir. Yo he dormido toda la noche sin despertarme hasta las ocho y media del día siguiente.

Acabo de comer; con los paquetes que han recibido los compañeros; había conejo y pichón asado y el cartero nos ha hecho un arroz que nos hemos chupado los dedos y podemos decir que es una de las pocas veces que nos hemos visto hartos hasta la frente.

Continúo tomando apuntes del diario de Lleixó. Los componentes de la Centuria Serafí Espinós eran 130 y 40 no llevaban fusil; los cuarenta se quedaron en la harinera y los noventa restantes continuaron el camino hacia la ermita de Santa Quiteria, posición nuestra que por la mañana habían empezado a atacar los fascistas. La ermita es una posición alta muy importante porque domina toda la plana de Tardienta, Huesca, Almudévar y todos los pueblos de la gran plana. Yo iba con el primer camión y saltamos corriendo de él y se desperdigaban guerrilleros por el campo, porque venía la aviación enemiga; a los del segundo camión les bombardearon y resultaron dos o tres heridos y un muerto que no era de nuestra Centuria. Teníamos que ir a ayudar a la Centuria que había en la ermita pero no llevábamos casi nadie munición y no conocíamos el terreno y habíamos avanzado por la plana. Las pocas municiones con que contábamos las repartimos y me tocó un cargador. La aviación nos vio y nos ametralló; iban tres aparatos de caza y daban vueltas por la plana de la ermita y cada vez que pasaban por encima de nosotros nos ametrallaban porque no teníamos otro escondite que los rastrojos y nosotros avanzábamos cuando se alejaban. La artillería enemiga, emplazada en Almudévar, disparaba sobre la ermita y Tardienta, y nosotros pudimos llegar a un montículo de los que hay delante de la ermita. Emplazamos la ametralladora y el fusil ametrallador e hicimos fuego hacia la ermita que estaba ya en poder del enemigo. Nos trajeron una caja de municiones y pasamos la noche en vela vigilando y escuchando. A media noche los fascistas querían atacarnos por sorpresa, pero como había claro de luna vimos como bajaban los moros y les hicimos unas cuantas descargas y volvieron atrás. Montamos una guardia de dos horas en la plana, detrás de una gavilla de trigo y yo, mientras hacía guardia con una bomba de mecha en una mano y un encendedor en la otra, comprobé que silbaban mucho las balas. Al día siguiente por la mañana nos visitó la aviación enemiga. Por la tarde presenciamos sobre nuestras cabezas un combate de aviación entre tres cazas de ellos y seis aviones nuestros, cuatro de los cuales eran de bombardeo. Cayeron tres aviones leales y uno fascista.


Día 8, jueves

El día 6 a las 5 de la tarde nos comunican que hemos de ir a atacar cuando oscurezca y a las siete y media, después de haber cenado, salimos. Por primera vez ha sobrado el arroz hervido con carne de burro; se ve que llegó el camión de Sabadell. Qué vista tan extraña ofrecía la caravana iluminada simplemente por la poca luz de las estrellas. Con el fusil en bandolera caminábamos en formación de a dos por los caminos anchos y en fila india al pasar por sitios difíciles. Seguíamos silenciosos y pensando unos, cantando otros y generalmente todos soltaban potentes pedos y apestosas bufas que escocían en la nariz e infiltrándose por las vías respiratorias de los que seguían les llegaban a los pulmones. Aunque con cierto recelo, porque no nos fiamos del capitán y casi menos del Mando, seguimos muy optimistas esperando que hoy empezaremos la ofensiva tan deseada por nosotros. Cuando ya habíamos atravesado el coto de Assuera, y pasado el campamento de los Guerrilleros de Assuera, llegamos a unas posiciones a las once de la noche y entre las protestas y las blasfemias nuestras nos comunican que hemos de quedarnos allí porque la Compañía que hay allí ha de tomar parte en el ataque. De la manera que podemos nos alojamos por la chabolas, esta vez hemos traído manta y estamos relativamente bien; pero, aunque ya estamos acostumbrados a que durante las noches las ratas nos roan el pan y se paseen por la cara, aquí abundan de tal manera que ya hablamos de dedicarnos a la caza de estos repugnantes animalejos. A las ocho de la mañana comemos un trozo de pan y chocolate y como hay poco alojamiento para todos y creíamos pasar aquí unos cuantos días, y aunque estamos completamente cansados y llenos de pereza, nos dedicamos a construir un chabola. Por la tarde un jinete montado en un penco - hacemos comentarios de si hará buen “caldo”, el penco no el jinete - nos comunica que nos preparemos a contener un Escuadrón de Caballería y un Regimiento de Infantería que se acercan. Recibimos una Compañía de refuerzo y por más que miramos por el llano que separa al enemigo de nosotros no vemos ningún Ejército; sólo por el aire vuelan aviones enemigos. Tampoco se ha atacado hoy; para no perder la costumbre esta noche se ha extraviado un Batallón de Infantería. Qué “Mando” tenemos pero paciencia, es la guerra. Con diez o doce platos cenamos los guisantes con alcachofa los 150 hombres, ¿asco? no tenemos, todo lo encontramos bueno y no dejamos nada por verde; para comer comimos morcilla, naranja, mermelada y pan.

Esperando descansar toda la noche vamos a dormir bromeando si nos harían hacer o no otra marcha y efectivamente a la una menos cuarto de la noche nos despiertan; nada, que ha venido una Compañía a relevarnos. Nos ponemos la manta al cuello y el fusil en bandolera y nos preparamos para hacer veinte o treinta kilómetros más. Volvemos a la paridera donde tenemos el “macuto”, esta vez en medio del mayor silencio, roto de vez en cuando por el ruido de un pedo. Nuestros rostros tienen una expresión siniestra y nuestros labios lanzan palabras de odio al recopilar todos los incidentes que han transcurrido durante nuestra vida de campaña. Como una visión veo la imagen de Omar, el valiente Omar y Desnieves fusilados por orden del “Mando” completamente inocentes; las numerosas bajas que nos han costado los ataques a la ermita han sido verdaderas vendidas; el criminal capitán de guardias de asalto que tanto trabajo ha hecho a favor de los fascistas llevando la gente a matar y, que, mimado del “Mando”, hoy es comandante y en fin la serie de fracasos que nos demuestran la ineptitud del “Mando” y yo pienso que o bien el “Mando” está compuesto por una panda de ignorantes y enchufados o son todos fascistas, pues no comprendo que los milicianos deseen empezar la ofensiva en Aragón y en cambio se dediquen a llevar cerca de ellos las mujeres que hace tiempo expulsamos del frente. Nada, que este estado de cosas no puede continuar. A las cuatro y media llegamos a la paridera reventados de caminar y yo llevo los pies llagados y a la mayoría les pasa lo mismo. A las seis de la mañana me despierta Martínez que vuelve al frente y lleva aún la mano vendada; me trae un paquete de casa que me ha causado mucha alegría y también dos pastillas de chocolate y tres panes de higo y dos fotos. En este momento me acaba de picar en la nuca una abeja.




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