LA ORDENANZA DEL REEMPLAZO ANUAL DE 1770(1)


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Fernando Puell de la Villa



La situación del ejército al inicio del reinado de Carlos III


Carlos III, que había llegado a España a finales de 1759, se vio enseguida envuelto en la Guerra de los Siete Años. La maltrecha situación del ejército, muy desatendido durante el reinado de su hermano, se hizo patente en la falta de resultados de la campaña de Portugal y en la pérdida de La Habana, posición vital para el control del imperio de Ultramar. Decidido el monarca a contar con una fuerza armada capaz de hacerse respetar en Europa y en América, tomó la resolución de asegurar primero la tranquilidad de las Colonias y posteriormente organizar un ejército peninsular adecuado a las necesidades de un país que todavía se consideraba a sí mismo una potencia de primer orden en el tablero europeo.

Durante el siglo XVI da la sensación que desde España no se percibía ninguna clase de riesgo en América. En caso de peligro se tenía prevista la movilización de los vecinos de los puertos, obligándoles a poner a disposición de la autoridad militar sus “armas y cavallos conforme a la possibilidad de cada uno, para que si se ofreciere ocasión de enemigos, o otro qualquier accidente, estén apercevidos a la defensa”(22). A principios del XVII comenzó a preocupar la defensa de las Indias, pero el riesgo potencial continuó centrado en el litoral.


[...] siempre tengan las municiones, bastimentos y gente de su dotación, sin aguardar a que se los pidan, para que estén con toda defensa anticipando la diligencia a las ocasiones que se pueden ofrecer, y especialmente en el Castillo de el Morro de la Habana y el de San Matías de Cartagena(23).


La custodia de estas plazas se encomendó a unas pequeñas guarniciones de milicias, de tipo compañía y cada una de ellas orgánicamente independiente. En el siglo XVIII, al haberse perdido la superioridad comenzó a crearse un verdadero ejército de Ultramar; en 1719 se decidió la creación de una unidad de tamaño superior a compañía el Batallón de Infantería de La Habana y en 1739 se enviaron por primera vez tropas regulares de la Península a Indias(24).

Cuando la armada británica puso sitio a La Habana en 1762 y a continuación sus tropas veteranas se lanzaron al asalto de la Plaza, se movilizaron todos los hombres disponibles de cualquier estado, calidad y condición desde los catorce años hasta los sesenta: campesinos, braceros, estudiantes, etc., tropa verdaderamente rústica e inexperta para defender tan importante y ventajoso puesto”(25) ¾. La ocupación de esta ciudad despertó la conciencia de los gobernantes españoles y se iniciaron los trámites para que los planes de defensa trazados en el reinado de Felipe V se convirtieran en una efectiva realidad. En Cuba esta misión se encomendó al Teniente General don Alejandro O'Reilly. Éste irlandés había servido como coronel en el ejército austriaco y la protección de su compatriota Wall le valió el mando de un regimiento en la campaña de Portugal; y ésta el ascenso a brigadier y el encargo de redactar un reglamento táctico para la infantería, basado en las innovaciones introducidas por Federico el Grande. El nuevo reglamento, que estuvo vigente en España hasta 1844, llamó inmediatamente la atención de Aranda y proporcionó a su autor una fulgurante carrera militar que ni el desastre de Argel en 1775 pudo torcer(26). La solución elegida por O'Reilly fue que al reducido número de unidades fijas, reforzadas temporalmente por tropas peninsulares, las auxiliaran unas milicias de infantería y caballería, bien disciplinadas, reglamentadas e instruidas.

Entre tanto en España, Carlos III promulgó en 1764 una instrucción dirigida a lograr que la tropa se reenganchara en las unidades después de cumplir el tiempo de su empeño inicial y, que a la vez, mejorara la calidad de los voluntarios. Éstas fueron las primeras medidas de previsión social dictadas en la Administración española: retiro con grado de subteniente y pensión de 150 reales mensuales a los treinta y cinco años de servicio, y grado de sargento y 75 reales a los veinticinco. Lo que hoy llamaríamos trienios se concretó en una gratificación de seis reales a partir de los quince años de servicio y de nueve a partir de los veinte. Pero estas medidas económicas no lograron el objetivo deseado; ni aumentó el número de voluntarios, ni mejoró la calidad de los reclutados.

A la vista de los excelentes resultados obtenidos por O'Reilly en Indias, el rey decidió ponerle al frente de la Inspección General de Infantería en 1766 y le ordenó que le hiciera un informe de la situación de todos los regimientos del arma. Los defectos observados en las dos primeras unidades inspeccionadas le alarmaron tanto que decidió precipitarse a exponer las carencias existentes y hacer una relación de las posibles soluciones para resolverlas(27). Este documento denota la decisiva influencia que las propuestas de O'Reilly tuvieron tanto en la redacción de las famosas Ordenanzas de Carlos III(28), como en la revolucionaria decisión de sustituir la recluta tradicional de voluntarios por un sistema de reemplazo anual por quintas.

El inspector de Infantería describe la mayor parte de los problemas con los que se enfrentaba el ejército de mediados del siglo XVIII desde un punto de vista eminentemente pragmático y ceñido a la realidad. No es un programa teórico, sino la relación de las carencias que un jefe militar, muy en contacto con la vida cotidiana de la tropa, había advertido a lo largo de su carrera. El documento comprende cuestiones de personal, organización, logística, instrucción, etc., y propone soluciones prácticas para cada una de ellas.

Por razones que decía sobrepasaban su comprensión, los regimientos estaban sometidos a un continuo cambio de ubicación y los soldados tenían que soportar marchas agotadoras de una ciudad a otra cargados con toda su impedimenta. O'Reilly proponía la creación de tres ejércitos de operaciones -uno en la Meseta y otros dos en los valles del Ebro y del Guadalquivir-


Con esto los Soldados estarían con mucha más inmediación a sus casas y, sin perjuicio alguno de la más exacta disciplina, se podría dar licencia por seis meses de cada año a un tercio y hasta la mitad de cada Compañía para ir a sus casas: harían todos grande aprecio de esta livertad, los más trabajarían a la Labranza u oficios que tuviesen, lo que sería mui en beneficio del público y de alivio y consuelo a la Tropa.


Las exigencias del servicio de guarnición ocupaban todas las horas del día de aquellos soldados en guardias de plaza, guardias de prevención, retenes, etc. e imposibilitaban que las unidades se dedicaran a instruirse para el combate, además de desmotivar a los mandos y a la tropa.


[...] con montar 200 Guardias al año no aprende el Soldado más de lo que sabría con 24; antes quando son muchas todos se aburren y ninguna se hace con la vigilancia devida: el Oficial cansado de la fatiga que él mismo experimenta compadece el Soldado, se quexa del mal pero nada remedia, ni a la verdad puede.


En La Habana, el general O'Reilly había impuesto un sistema rotatorio en el que los cuerpos se dedicaban un año a prestar servicios de plaza y otro permanecían en sus bases dedicados a la instrucción, concentrándose cuarenta días en un campamento para hacer maniobras conjuntas. La bondad de los resultados obtenidos redundaba en una mejor preparación de los jefes de unidad, permitiendo además poder promocionar a los más capaces en lugar de guiarse exclusivamente por su antigüedad en el servicio, al carecer de un criterio objetivo de calificación.

No obstante lo anterior, el hilo conductor del documento era abordar los problemas de reclutamiento que afectaban muy seriamente a las unidades. Firme partidario de “establecer lo que ha discurrido el Sr. Conde de Aranda para la Recluta” debe referirse a la futura implantación de la perioricidad anual de las quintas, proponía desvincular que el sueldo de los capitanes dependiera del número de soldados existente en sus compañías. Este concepto se había introducido en la Real Cédula de 20 de julio de 1717 para compensar la desaparición de las gratificaciones que antes percibían los capitanes por cada recluta. Lo inadecuado de ambos métodos para retribuir a los jefes de unidad dio origen a los fraudes contra la Real Hacienda que se comentaron anteriormente. La propuesta de O'Reilly coincidía con el nuevo procedimiento de reclutar voluntarios instaurado en las Ordenanzas de 1768, que suprimió la responsión de los capitanes y responsabilizó del proceso de reclutamiento a los jefes de regimiento, además de asignar sueldo fijo a cada uno de los empleos del cuerpo de oficiales.

Otra de las sugerencias de O'Reilly que luego se incorporó a las nuevas Ordenanzas generales estaba dirigida directamente a la mejora de la situación de la tropa. El sueldo del soldado del siglo XVIII lo había establecido Felipe V en 1706: 48 maravedís diarios, que se repartían en 22 para rancho, dos para recoserse lo que hoy llamamos haber en mano, y 24 que retenía el capitán en concepto de masita para reposición de prendas menores y masa para compensar la renovación bienal del uniforme(29). Los precios se mantuvieron estables hasta mitad del siglo y naturalmente el sueldo no se modificó, pero al comenzar a incrementarse el coste de la vida se calcula una inflación cercana al 40 por ciento entre 1700 y 1755¾ fue necesario subir los haberes un cuarto (cuatro maravedís) en 1750 y otro en 1761. Sin embargo la mejora no compensó el crecimiento del precio de los alimentos y la dieta de los soldados se vio seriamente afectada:


[...] dos onzas de Tocino, quatro de Arroz, o el equivalente en Menestras, algunos menudos o despojos en lugar del tocino, es todo su sustento al medio día. Para almorzar, cenar y todos sus menudos gastos, como son un traguito de vino, Tabaco, Ahujas, hilo, etc., le quedan tres quartos al día. ¿Con 24 onzas de Pan, que quando mejor librado no dexa de tener dos de falta, cómo ha de conservar este soldado sus fuerzas? ¿cómo puede resistir a la continua fatiga de Guardias, Exercicios y marchas, ni a la pesada carga de Pan, Ropa y Armamento?: de esto resulta el perder el Estado muchas vidas; el haber en el Exército una baja annual mui excesiva a su número, y un crecidísimo aumento de gasto al Real Erario en Hospitalidades.


Otro tanto ocurría con el vestuario. Para compensar su encarecimiento, se había prolongado el plazo de reposición, pasando de los veinticuatro meses previstos en la Ordenanza de Felipe V hasta los cuarenta en esta época:


El Particular más económico verá si puede hacer que duren 40 meses las Libreas de sus Lacayos. Si lo intentase, no hallaría quien le sirviese. Este criado duerme cada noche en su cama; el soldado pasa muchísimas vestido en el tablado de las Guardias, no tiene Redingote, ni Capa y está quasi siempre cargado con su cartuchera y correage, que usan bastante el Vestuario: añádase a esto los años de campaña, que duermen siempre vestidos, las largas marchas y malos tiempos.


Entre las diversas mejoras introducidas por Carlos III en 1761 se había dotado a la tropa en los cuarteles con una cama individual, provista de colchón de lana. O'Reilly sugería la conveniencia de sustituir la lana por paja al objeto de mejorar la higiene al parecer los parásitos habían hallado un medio idóneo para reproducirse en aquellos colchones y acostumbrar al soldado a un lecho que era fácil de improvisar durante sus desplazamientos. Esto iba encaminado a que disminuyeran las quejas de la población de los lugares donde pernoctaban, “cuyos vecinos les suelen dexar su cama con grande y justa repugnancia”.

Como conclusión de todo lo anterior, el inspector general resumía así el estado de las unidades en 1766:


No hay en el día en la Ynfantería Regimiento alguno, aunque esté completo, que pueda presentar 800 hombres útiles en su calidad y disciplina: el del Rey, cuia fuerza consiste en 1.117 Plazas, me ha presentado en su exercicio 613 y Soria, cuya fuerza es de 1.193 Plazas, me ha presentado 634, sin que haya podido culpar a los Gefes, ni a sus Oficiales.


Durante 1766 y 1767, el Conde de O'Reilly continuó pasando revista al resto de los regimientos del arma, confirmando la carencia de efectivos anunciada en su escrito anterior: en los diecinueve regimientos que visitó en estos años faltaban 4.769 hombres y tuvo que licenciar a 48 soldados por viciosos incorregibles y a 606 por faltarles la precisa robustez para el servicio(30). Esta penuria de personal, que suponía mas de un 20 por ciento de la plantilla total de los regimientos españoles, había obligado ya a incrementar las levas de vagos, destinándoles al ejército sin ninguna clase de discriminación previa: “quimeristas, mal entretenidos o perjudiciales en los Pueblos por qualquiera defecto que fuere, inclusos los notados que infestaban la Tropa de Sarna”(31).

En 1768, una vez finalizada la inspección de los 47 regimientos que permanecían de guarnición en la Península, se realizó un cuadrante representativo de la situación, al que acompañaba un escrito que trataba de exponer las razones por las que se producía la escasez de nuevos reclutas(32). El desglose de la plantilla de clases de tropa, establecida en 36.124 hombres, arrojaba un 52 por ciento de reclutas voluntarios, un 10 por ciento de vagos condenados por la Justicia a servir en el ejército y un 38 por ciento de vacantes. La tremenda realidad era que, a pesar de todos los esfuerzos realizados para mejorar los sueldos, retiros y condiciones de vida de la tropa, sólo la mitad del ejército se reclutaba por el sistema tradicional. Además entre los voluntarios existentes no se encontraban hombres capaces de ser promovidos al empleo de cabo un tercio de esta plantilla estaba vacante a causa de “ser tan mala la masa de la Tropa”.

Según los redactores del documento, las causas de esta situación debían atribuirse, en primer lugar, a la competencia desleal y a la codicia de los integrantes de las partidas de recluta: “Las continuas vejaciones que padecen los Pueblos en alojamientos, bagages y los enredos de esta multitud esparcida por todas partes, aumenta las quejas de los Paysanos y su aborrecimiento a la Tropa”. La segunda de las razones que alejaban a mucha gente del servicio militar podía achacarse a la proliferación de soldados procedentes de la leva de vagos, quienes por una parte “sólo servían para comunicar a los buenos sus vicios”, pero cuyo gran inconveniente era el efecto que la saca y destino al ejército de aquellos individuos marginales producía en el resto de la población.


Viendo los Vecinos honrados que los Regimientos de Ynfantería son el depósito de la peor gente de la República, ponen el mayor conato en que sus hijos se separen de esta Carrera; ¿y cómo pueden pensar de otro modo quando cada día ven sentenciar al servicio los peores de sus Pueblos, y que en la última instrucción para el recogimiento de Bagos, su fecha 27 de Septiembre de 1764, se manda a las Justicias dar este destino a todos los bagos, viciosos, quimeristas y mal entretenidos o perjudiciales en los Pueblos, por qualquier motivo que sea, inclusos los notados en las relaciones de raterías y embriaguez; como asimismo a todos los casados que vivan con abandono de su estado, y que la última Ordenanza de Milicias echa a la Ynfantería veterana sus expulsos por segunda deserción?.


La conclusión del informe era realmente pesimista: “estamos bien convencidos de que nunca se hallarán Reclutas voluntarias para mantener la Infantería”, insistiendo en la necesidad de implantar un nuevo sistema de reclutamiento que reemplazara periódicamente las bajas que se producían en las unidades, después de completarlas gracias a un reparto de las vacantes existentes entre todas las provincias españolas.

En 1770, debido a la tensa situación de las relaciones hispano-británicas, Carlos III comenzó a tomar providencias para declarar la guerra a Inglaterra. El rey encargó al conde de O'Reilly que completara seis regimientos y los acantonara en las inmediaciones de Cádiz dispuestos a embarcar hacia Cuba. Aprovechando la crisis, O'Reilly presentó al monarca un nuevo cuadro-resumen del estado de las unidades de Infantería. En su escrito de remisión, proponía ubicar seis regimientos en la bahía de Cádiz y otros seis en la de La Coruña, al completo de hombres y material para atender las contingencias que pudieran surgir en Indias(33). Pero este objetivo precisaba resolver primero el problema del reclutamiento por medios distintos a los utilizados hasta entonces.


No se puede atribuir en modo alguno la baja del exército a ser poco el prest del Soldado, ni a sufrir éste mal trato en su Persona: V. M. ha aumentado el haver de todas clases y mui suficientemente: ha concedido premios para estimular la constancia en el Servicio: ha dado muy ventajosos retiros a los Oficiales ancianos, y hasta a los Soldados; y ha franqueado por todos respetos, y sin reparar en el coste a su Erario, quantos auxilios necesitaba la Ynfantería, pero sin conseguirse el fin.


En estos años la Infantería española tenía 89 batallones con unos 650 soldados cada uno. Poco menos de un tercio de estos soldados eran de origen extranjero, encuadrados en 12 batallones de irlandeses, cuatro de italianos, sies de walones, ocho de suizos y dos mixtos. Aunque la situación había mejorado algo desde 1768, todavía se detectaba un 33 por ciento de vacantes en los cuerpos españoles y un 16 en los extranjeros. Sin embargo la falta de cabos en las unidades españolas se había incrementado hasta el 40 por ciento. Y la tendencia general era que “cada vez es mayor la baja que la entrada”, por lo que O'Reilly resumía así la situación:


Hay pocos Regimientos en la Ynfantería Española que, rebajados los Sargentos, Cabos y Tambores de su preciso pie, puedan aprontar para Campaña, para América, resguardo y defensa de los Arsenales, ni para refuerzo de los Presidios, en caso de insulto, un solo Batallón cada uno; y como V. M. verá en el adjunto Estado, hay varios Regimientos que apenas componen medio Batallón.




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