DIARIO DE UN MILICIANO - 004



Día 11, domingo

A las cuatro de la mañana del día 21 de noviembre comenzó un ataque nuestro a la ermita. Se tenía que atacar al mismo tiempo Huesca, Almudévar y la ermita. Nuestra Centuria, mejor dicho Compañía pues entonces ya se organizaba el ejército, tenía que tomar parte en el ataque; pero a última hora vino una orden del “Mando” que nos obligaba a no movernos del parapeto para, en caso necesario, guardar la retirada, porque ocupábamos las tres posiciones más estratégicas y avanzadas. A las cuatro acababa yo la guardia y ya iba a dormir cuando de pronto veo un cohete y se oye un tiro, a continuación otro y así empezó un intenso tiroteo y en este trágico concierto pronto se oyeron las voces roncas de nuestros cañones, las explosiones de los morteros y las bombas de mano. Nosotros estábamos todos en la trinchera, aunque habría sido nuestro gusto saltar y correr hacia la ermita. Arriba en las posiciones de la sierra a nuestra izquierda aquel día habían cambiado a la gente y les habían mandado hacer un poco de fuego para distraer al enemigo; pero ellos, que no conocían el terreno abrieron un intenso fuego sobre nosotros y como nos habían cortado la comunicación, nuestro capitán interino, llamado Gasson, que había sido sargento del ejercito, envió un enlace y al cabo de una hora pararon el fuego. Este capitán era buen hombre y trabajador pero tenía mucho miedo; cuando oía silbar una bala se agachaba. Nuestra artillería hizo una buena faena, disparó una batería después de otra toda la noche y todo el día siguiente, pues los nuestros habían fracasado y se batían en retirada. Veíamos a los milicianos esparcidos por el llano y por encima de las colinas de la ermita, tirados en el suelo; cada vez que se levantaban para retroceder eran ametrallados y nosotros aguantábamos la retirada. Nuestra artillería disparaba sobre las trincheras de los fascistas que saltaban destrozados por la metralla y así se perdió un ataque que no se tenía que haber perdido nunca y que tanta sangre costó. El ataque empezó con tal ímpetu que, aunque los fascistas ya estaban preparados, a los pocos momentos ya subieron nuestras fuerzas por la cuesta de la ermita y nuestra artillería, a la que no habían avisado, disparaba sobre los que atacaban. Nuestra aviación, que al romper el alba tenía que venir para ayudarnos, no se presentó y en cambio no faltó la enemiga. El ataque por el llano de la ermita es imposible, pues el enemigo lo domina perfectamente y tantos hombres como suban tienen que caer y por eso seiscientos hombres, bajo las ordenes del comandante Gavaldá, tenían que ir por la izquierda de la ermita y rodearla. Entonces el enemigo, atacado por la vanguardia y por la retaguardia, habría abandonado sin ofrecer resistencia. Pero resultó que este Gavaldá, que es un zoquete o simplemente un fascista, se perdió y se internó hacia el campo rebelde. Yo fui en compañía de Font a la posición de la trece a comunicar al capitán que por orden de Del Barrio enviara dos enlaces a buscar a las fuerzas de Gavaldá y el día 22 al mediodía volvieron por campo descubierto y el enemigo les disparó varios morterazos. Por culpa de este comandante, que no se si fue fusilado en compañía de seis o siete responsables u ocupa un cargo más importante, se perdió el ataque. Las fuerzas que operaron por delante de la ermita se encontraron solas y al descubierto y el enemigo les castigó duramente. En Almudévar ya luchaban por las calles y se ordenó la retirada a la desbandada y en Huesca lo mismo. Dos días después pasaron un sargento y dos soldados y nos comunicaron que si el ataque hubiera durado media hora más habríamos triunfado, pues los fascistas hicieron diversos fusilamientos de militares porque se negaron a continuar resistiendo.

Estando en aquella posición llegó nuestro capitán Pueyo, restablecido ya de la herida, en compañía de un sevillano que lucía galones de ayudante técnico y como buen pavo real y fanfarrón nos comunica que pertenecía a nuestra Compañía y que le teníamos que obedecer porque lo había nombrado la División Carlos Marx. Por toda respuesta alguien se cuidó de arrancarle los galones y en una reunión de responsables se le comunicó que de hombres aptos para ocupar cargos de confianza ya teníamos en la Compañía y que por lo tanto si quería continuar con nosotros tenía que ser de cabo o de miliciano. Se quedó de miliciano y comprendimos a medida que pasaba el tiempo que era un hombre rencoroso, incontrolado, pues siempre protesta de todo, tanto si esta bien hecho como mal hecho. Tiene el espíritu de criticarlo todo e inconscientemente o conscientemente desmoraliza. Es un ignorante, pues ni leer sabe, y tiene malos sentimientos. Cuando estábamos en el bosque de Assuera el día 7 cazando conejos, un muchacho golpeó con una piedra un conejo que perseguíamos y lo cogió con la mano. Entonces el “Sevilla” que es un egoísta se tiró encima y no paró hasta que le quitó el conejo de las manos. Los conejos que se cazaron aquella mañana fueron entregados para el arroz de la Compañía y en cambio él se lo guardó pese a que era robado. ¿Qué confianza nos ha de inspirar la División Carlos Marx que “enchufa” a estos hombres en los cargos de confianza? Y digo “enchufe” porque creo que el hombre que se busca un cargo, por cobardía de ir al frente o por la ambición de lucir galones, no es nada más que un “enchufista” y forzosamente ha de fracasar, porque un hombre así no es apto para desempeñar ningún cargo. Los cargos de confianza tienen que ser para los hombres sencillos y aptos, filántropos y revolucionarios.

Un día nos preparamos cuarenta voluntarios para ir a hacer una descubierta para requisar al enemigo un rebaño de corderos, pero cuando ya desaparecían los últimos rayos dorados con un punto de carmín del astro sol, los pastores y su escolta se llevaron el rebaño por el campo hacia allá, seguramente alertados por la incursión que hacía pocos días habían llevado a término los “Guerrilleros de Assuera”, que les habían cogido un buen rebaño.

En la posición a menudo nos visitaba la aviación enemiga y en cambio la nuestra ya no sabíamos de qué color era y el enemigo nos hacía fuego de mortero hasta que vino a relevarnos el tercer Batallón del Zapatero y bajamos a Tardienta a pie y por la noche; en camión nos trasladaron a Senés para acabar de organizar el Batallón y estuvimos diecisiete días haciendo instrucción y ya quedamos constituidos en la 1ª Compañía del 1º Batallón del Regimiento URSS nº 3 y la Centuria Mateotti fue la segunda Compañía. Allí se formó en nuestra Compañía un Comité Soviet, al que yo pertenecía, para juzgar y sentenciar a los que no fueran disciplinados, para evitar que saliendo de la Compañía lo tuviese que solucionar el “Mando”, ya que estabamos escamados de la “justicia” que hacía.

El día en que salimos de la posición para ir a Senés el “Mando” aprovechó el trasiego para cogernos al camarada Saraín, pues habían visto que era apto para ocupar un cargo de mayor importancia. Se preocupaba mucho por la Compañía y era bastante decidido para decir a los superiores sin ninguna manía todo lo que creía necesario. Tenía un carácter muy alegre y respiraba simpatía. Lo nombraron, contra su voluntad y la nuestra, ayudante de Bustillos, comisario de guerra del Batallón Cataluña o, mejor dicho, del Sector de la ermita. Estando en Senés nos visitó un día y nos dirigió unas emocionadas palabras de despedida asegurándonos que él siempre nos recordaría ya que había salido de nosotros y nos pedía que no lo olvidásemos nosotros a él. Se fue con él su compañero de fatigas Pueyo.

Como el cabo que habíamos nombrado el grupo era Marsal y su compañera estaba enferma, fue reclamado y se fue a casa, y, entonces, aunque yo no quería, me nombraron cabo interino y en vista de que Marsal no volvía yo continuamente decía que pusieran a otro, hasta que un día Cabrera me comunicó que no podía dejar el cargo porque el brigada camarada García ya había entregado la lista de la Plana Mayor de la Compañía al “Mando” y estábamos aprobados por el Ministerio de Guerra.

En Senés habíamos arreglado un local que nos servía para reuniones y conferencias y organizábamos clases de ortografía; nos cuidábamos de la enseñanza yo y Baixeda.

Pocos días antes de irnos de permiso nos fue presentado un nuevo comisario de Guerra llamado Fayos y nos dijo que el “Mando” lo había asignado para cubrir la plaza de Comisario de Guerra de nuestra Compañía y, que si no teníamos ningún inconveniente, se quedaba ya; si teníamos algo que decir que se lo dijésemos a la cara y que si el veía que de entre nosotros se destacaba uno que fuera más apto que él para ocupar el cargo, sin rencor lo cedería. También nos dijo textualmente que él tenía “cara” para no callar delante de un superior cuando tuviera razón. Tenía bastante cara de cara dura y se alababa bastante. Dijo también que él dormiría por los establos o al aire libre como nosotros y a la hora del rancho haría cola y, como nosotros, pondría el plato. A los pocos días, en una reunión se le acusó de dormir y comer en una casa del pueblo.

La mañana del día 22 se incorporó a la Compañía Cañisá, que volvía de Barcelona restablecido ya de la herida que había recibido en el pie en el canal por la explosión de una bomba, y el día 24 por la tarde llegó una orden de permiso para nuestra Compañía y el Comisario de Guerra se comportó como un idiota pues decía que Cañisá no podía disfrutar de permiso porque acababa de llegar de Barcelona. Cañisá que no estaba escamado del carácter de algunos hombres se conformó, pero Herran y yo, que ya teníamos más experiencia, expusimos el caso en conocimiento de los compañeros que nos dieron plena confianza para activar nosotros el permiso de Cañisá. Fuimos Herran y yo a encontrar a Pueyo y Fayos, que ya era antipático a la Compañía y les enfocamos la cuestión. Fayos dijo que ya no había remedio porque ya había entregado la lista de los que iban de permiso al “Mando” y yo le contesté que Cañisá tenía que ir de permiso porque él no había ido a Barcelona a disfrutar sino que fue herido y él no tenía ninguna culpa. Pueyo, comprensivo y buen compañero dijo que todo se arreglaría y Cañisá vino de permiso de incógnito.

Nos dieron un pan con un chorizo y toda la noche, hasta las dos de la mañana, estuvimos esperando a los dos camiones que nos tenían que trasladar a Grañén a esperar al tren. A las seis y media subimos al tren y a las once y media llegábamos a Lérida; como estuvimos allí unas tres horas y teníamos hambre, pues desde el día anterior no habíamos comido nada, fuimos unos cuantos a una fonda pero se negaron a servirnos comida alegando que preparaban un banquete. Allí me convencí de las calamidades que existen en la retaguardia. Comimos en el café de la estación Cañísá, Herran y yo coca azucarada y chorizo que pagamos a precio de oro; cerca de las tres de la tarde arrancó otra vez el tren y faltaban diez minutos para las diez de la noche - era el día 25 - cuando llegamos a Sabadell, donde esperaban los familiares de los compañeros y una representación de las J.J.S.S. que intentaron organizar una manifestación, pero fracasaron pues todos se fueron llenos de alegría a sus respectivas casas. Antes de cinco minutos ya había arrancado el tren y solo quedábamos los de Barcelona; a las once menos cinco minutos llegábamos a la estación del Norte. Por el camino nos cruzamos con dos o tres trenes militares. En la estación había mucha gente acompañando a los milicianos que estaban a punto de marchar y allí estaban los padres de Herran con los que fuimos a buscar el tranvía a la Plaza de Palau. En “Xicago” bajaron los padres de Herran y él, y más arriba bajó Cañisá; yo, con el saco a la espalda y el macuto, llegué a la puerta de casa y llamé al vigilante que al venir me dijo que no podía abrirme porque no tenía las llaves; a pesar de todo fue a buscar llaves y las probó, pero ninguna iba bien. Entonces se encaramó y poniendo la mano por un agujero estiró la cuerda y abrió rechazando la propina. En casa no me esperaban; me preguntaron varias veces ¿Quién va ahí? pues conociendo la voz no se acababan de creer que fuera yo. Mi hermano saltó corriendo de la cama y era tanta la alegría que tenía que no encontraba la cerradura.

Hoy me han dicho que la posición que en la Sierra de Alcubierre tomamos a los fascistas es aún nuestra y por suerte antes de ayer no la ocuparon a pesar de que contraatacaron.

Hoy se han juzgado en la Compañía dos casos de indisciplina. El primer día que llegamos a esta posición - el día 6 - se pelearon por la posesión de un cubo Pedro Lorente y el “Botifarra”. Lorente hace dos días que es el cocinero de la Sección y dice que en su país cuando llega un forastero lo invitan a tomar café y después ya se apuñalan. Lleva tatuajes por todo el cuerpo y me parece que ha estado por todos los presidios. “Botifarra” explica su escapada del poder de los fascistas; se encontraba sirviendo en Huesca cuando estalló el movimiento y se escapó en compañía de otros. Es sargento de la cuarta Sección y va cargado de galones; lleva en la gorra y en las dos mangas de la camisa y eso significa que es un pavo real. Se insultaron mutuamente y “Botifarra” se puso en guardia con un rápido movimiento de brazos pues se las da de boxeador; pero en cambio Lorente, que no es tan boxeador pero en cambio es más práctico, le arreó unos cuantos “sopapos” y se marchó “Botifarra” con el cubo, pero también con un ojo morado; y no hizo más que llegar a la cuarta posición, en la que está de teniente interino, y con pose de perdonavidas contó que había asustado a un hombre pero él no hacía más que frotarse el ojo. Han sido condenados por un tribunal compuesto por tres sargentos y tres milicianos a una multa de diez pesetas, que serán entregadas al Socorro Rojo.

El “Sevilla” se peleó con Margalló; Margalló iba a buscar el fusil y el “Sevilla” sacó un cuchillo. Como los dos son milicianos el tribunal estaba formado por tres milicianos y al deliberar dictaron sentencia condenatoria. Seis meses de fortificación a los dos con multa de veinticinco pesetas y rebajados de guardia.


Día 12, lunes

La colina que hay delante de la posición que ocupábamos en la Sierra de Alcubierre es nuestra y continuamente nuestras fuerzas atacan para tomar las otras colinas. En este momento pasan seis aviones enemigos; son las seis en punto y hace hora y media que se pasean diez aviones de caza y cinco de bombardeo por encima de la ermita y de Almudévar; son todos fascistas y han bombardeado y ametrallado violentamente. La noche pasada les hemos tomado la ermita y la estación de Almudévar. Se dice también que en la ermita han abandonado nueve cañones; dos son antiaéreos y ahora han disparado contra la aviación.

Esta noche se ha luchado fuerte en la Sierra de Alcubierre y en la ermita. Ahora también se oye un fuerte tiroteo más allá de la ermita. Yo estoy a la izquierda de la ermita en la posición más avanzada y ahora resulta que casi es la que está al final, pues las fuerzas de la Columna Ascaso, pasando por en medio de la ermita y Almudévar, han llegado al río Gállego. Esta victoria ha sido posible por una fusión de Mando de la División Carlos Marx y Ascaso. Ahora estas noticias no me impresionan porque ya estoy escamado de las mentiras que corren. Hoy he visto el río Ebro por los dos lados de Zaragoza y el tren, que se vio obligado a efectuar un transbordo, pues hace pocos días volaron con dinamita un puente de la vía. Todo el día circulan ambulancias transportando heridos. Mientras estoy escribiendo dentro de la chabola está lloviendo.


Día 13, martes

Estoy dentro de la chabola, hace un día triste, caen gotas; toda la noche ha llovido y se ha oído un fuerte tiroteo hacia el lado de Almudévar y la Sierra de Alcubierre. Ahora de cuando en cuando se oye la voz de nuestros cañones y hace poco ha volado un avión nuestro. Pienso en cómo habrán quedado los milicianos que han tomado parte en el ataque y recuerdo las horas que he pasado durante las noches aguantando el agua, con los pies helados, el cuerpo empapado y el tabardo lleno de hielo y pienso en cómo deben sufrir ellos en estas noches de lucha. Estamos todos contentos porque suponemos que al fin ha surgido la chispa que ha de encender el fuego de la ofensiva en el frente aragonés. Sabemos que pronto lucharemos nosotros y que nuestro Batallón está destinado a asaltar Assuera. En este momento unos compañeros hacen un hoyo en el bosque para enterrar a un chico que ha muerto mientras era transportado por una ambulancia.

La mañana del día ocho de febrero nos encontramos a unos cuantos compañeros equipados para volver al frente, pues se había acabado el permiso, y al llegar a Sarriá nos comunicaron que no podíamos marchar hasta dentro de dos días, pues no salía tren hasta entonces por falta de combustible para hacerlo funcionar.

El día diez, bien equipado, cogí el metro bien de mañana y a las siete me reunía con los compañeros Vilaró, Planchard y Cañisá en la Universidad y, como Puig no se presentaba, cogimos el metro y por equivocación, en lugar de ir hacia la estación del Norte, fuimos en dirección a Sans. En la estación encontramos a otros compañeros. Herran no volvía con nosotros pues se había pasado a la Columna Durruti; actualmente está en Farlete. A las diez llegamos a Sabadell y allí subieron los otros compañeros de la Compañía y los de la segunda. Al tren, que era muy largo, no pudieron subir todos; algunos se quedaron en tierra y a las tres de la tarde emprendieron la marcha con autocares.

En Manresa, el tren no podía pasar el túnel y después de avanzar y retroceder varias veces a sacudidas nos quedamos un par de horas en Manresa a comer y a las tres más o menos emprendimos la dificultosa marcha. Habían añadido una maquina detrás del tren y con penas y trabajos pasamos el túnel.

El día once por la mañana llegamos a Torralba y fuimos a pie hacia Senés. A la cabeza de la formación llevábamos la bandera tricolor como símbolo de unidad en la lucha y a las nueve, más o menos, de la misma mañana llegamos al pueblo. Nos alojaron en otra paridera pues la que habitábamos antes del permiso estaba ocupada.

El día trece, después de comer, la Compañía, en perfecta formación emprendió la marcha carretera hacia allá de cara a levante y al llegar a la entrada de Robres, muy cansados, nos sentamos en el suelo a descansar. Mientras descansamos pasan en camión fuerzas del P.O.U.M. Reemprendemos la marcha y al poco rato torcemos por la derecha y empezamos a subir por la Sierra de Alcubierre y entonces, aunque no hacía calor sudábamos. Iba yo cargado con el macuto en la espalda y los zapatos colgando, las mantas plegadas y pasadas por el cuello, el fusil en bandolera y para postre mi caja escritorio en la mano; suerte que llevaba las cartucheras vacías; cuántas gotas de sudor mojaron aquellos caminos. Completamente extenuados llegamos a una posición y relevamos a la Compañía que nos esperaba. Es ya de noche. En esta posición nuestra trinchera está a ciento cincuenta metros de la trinchera del enemigo y de la avanzadilla nuestra a la de ellos hay menos de cien metros. Durante el tiempo que estuvimos en la sierra fue herido el compañero Grau, de la Sección de ametralladoras.

El día 20 de marzo, por la tarde nos relevan y, después de cenar en la paridera de abastos de la Compañía y cargar el equipaje en dos camiones, vamos hacia Robres donde llegamos por la noche y dormimos en la iglesia. Al día siguiente, después de almorzar damos una vuelta por el pueblo y después de comer nos equipamos y, desafiando la lluvia, emprendemos la marcha hacia el coto de Assuera. Maldiciendo a los fascistas, únicos culpables de las calamidades que sufrimos, caminábamos carretera hacia allá con los pies chipiados y aguantando el agua que no nos dejó en todo el trayecto. Al llegar a Senés traspasamos el canal y seguimos caminando por aquellos caminos con monotonía. La lluvia ya no nos molestaba porque ya estábamos completamente mojados y los pies se hundían por el barro; bien mirado era un bien pues yo los tenía llagados. Después de perdernos y hacer dos o tres horas de vuelta llegamos ya de noche a una casa blanca que se destacaba entre la oscuridad de la noche donde debía de pasar la temporada de veraneo y caza algún terrateniente. Al llegar nos echamos por tierra y unos sobre los otros nos abandonamos a las delicias de un sueño reparador. A la mañana siguiente, día veintidós, los de la segunda Sección cogimos el equipaje y, como estábamos apretados fuimos a una paridera que había más abajo en medio de un valle verde donde no faltaba el reguero de agua transparente (aunque bebíamos y lavábamos), ni su pozo, con un sapo muerto dentro, como tampoco las ratas que nos ayudaban a comer el pan.

Se dice que ayer cayeron dos aviones enemigos y hoy, antes de la una de la tarde, se presentan trece aviones enemigos y al ver que son menos que ayer pienso que puede ser cierto que fueran abatidos; de todas maneras me extraña pues creo que los habría visto caer. Al poco tiempo de presentarse los trece - ocho de caza y cinco de bombardeo - se presentan cuatro más y por encima de la ermita y Almudévar se pasean tranquilamente, aunque no les deja actuar con eficacia el viento. Por la mañana llovía y ahora el viento nos ha quitado las nubes y hace sol; nuestra aviación no se ve. Todo el día se oye tiroteo por el lado de la ermita y un intenso cañoneo. En este momento se han presentado seis aparatos de bombardeo nuestros y los de ellos ya hace rato que están fuera. Se pasean un rato por el sector y se van hacia Huesca y a las cuatro y media se presentan quince aparatos enemigos que se reparten entre la ermita y Huesca, ametrallando intensamente. Veo claramente que, igual que siempre, en aviación los fascistas son superiores a nosotros. A las cinco y media se van hacia Zaragoza los seis aparatos que volaban sobre la ermita. Se ve que los otros aviones enemigos no se han cansado porque al poco rato vuelven a volar por la ermita.





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